Contar al desaparecido
Raúl Vidal
Un escritor secretario de su propia historia o “la literatura no es inocente”.[2]
(...) escribiendo estas páginas descubrí que lo demasiado real, al ser tocado
por las palabras, ingresa en una región parecida a la de los sueños.
Abelardo Castillo, El Evangelio según Van Hutten.[3]
Roberto Bolaño, el escritor chileno que reside en Cataluña,[4] y que curiosamente, según algunos consideran, ha escrito la mejor novela mexicana[5] de los noventa, Los detectives salvajes [1998]; quizá no conforme con lo someramente escrito en el último capítulo de su anterior novela, La literatura nazi en América [1996],[6] en el que había decidido hacer del narrador una misma cosa con el autor; tal vez esperanzado en acabar con tanta “memoria encarnada” (para subrayar una expresión reciente de Jorge Semprún)[7]... escribe Estrella distante [1996]: novela que decide retomar la historia de aquel joven R. Bolaño que logró sobrevivir a la caída de Salvador Allende y ¿también al horror? Allí, en ese espacio que el mismo R. Bolaño llama “el planeta de los monstruos”, la poesía parece ocupar un lugar, la locura también. Por estas tres experiencias: el horror, la poesía y la locura; vale detenerse en Estrella distante.
En esta pequeña novela, R. Bolaño vuelve a escribir la historia ya narrada en el último capítulo de La literatura nazi en América. Al final de esta última (que en su totalidad es una especie de Historia Universal de la Infamia de la segunda mitad del siglo XX)[8] R. Bolaño escribe un relato de unas veintitrés páginas, titulado Ramírez Hoffman, el infame. Partiendo de este último capítulo, desarrollando un poco más la trama y cambiando la mayoría de los nombres de los personajes (el suyo propio, el del autor, en ambos textos aparece identificado a la figura del narrador), la pluma de R. Bolaño da a luz Estrella distante. Al iniciarla, el escritor chileno señala este parentesco entre sus dos novelas, y subraya que esta tarea de volver sobre una historia ya contada, de volver a escribir lo escrito, es fruto de que la historia le ha sido referida por su compatriota Arturo B., quien sin duda, para quien haya leído un poco más de R. Bolaño (Los detectives salvajes, Amuleto), no puede ser otro que Arturo Belano, el alter ego del autor. Es decir, al iniciar Estrella distante, el narrador-autor cuenta que
Esta historia me la contó mi compatriota Arturo B. [...]. Arturo deseaba una historia más larga, no espejo ni explosión de otras historias sino espejo y explosión en sí misma. Así pues, nos encerramos durante un mes y medio en mi casa de Blanes y con el último capítulo [de La literatura nazi en América] en mano y al dictado de sus sueños y pesadillas, compusimos la novela [...]. Mi función se redujo a preparar bebidas, consultar algunos libros, y discutir, con él y con el fantasma cada día más vivo de Pierre Menard, la validez de muchos párrafos repetidos.[9]
El autor Roberto Bolaño se hace secretario[10] del personaje Arturo Belano: son los sueños y pesadillas del personaje Belano los que guían la composición de la novela que firma el escritor Bolaño.
La historia contada transcurre de pleno en los años del horror chileno. El teniente de la Fuerza Aérea Chilena, Carlos Ramírez Hoffman, de la primera versión de los hechos, es aquí el teniente Carlos Wieder; y su antiguo nombre de guerra, Emilio Stevens, es aquí Alberto Ruiz-Tagle. Es decir, el teniente Carlos Wieder, bajo el nombre de Alberto Ruiz-Tagle (un joven poeta de vanguardia), era eso que se ha dado en llamar un infiltrado en el pequeño grupo de intelectuales y artistas de izquierda que durante el gobierno de Salvador Allende, en la ciudad sureña de Concepción, giraba alrededor de dos talleres literarios (el de Juan Stein, y el de Diego Soto), grupo del que formaba parte un Roberto Bolaño de apenas dieciocho años. Las “estrellas indiscutibles”[11] de ese grupo de jóvenes chilenos eran las gemelas Verónica y Angélica Garmendia, la primera de las cuales se había enamorado del infiltrado. Lo cierto es que cuando en septiembre de 1973 acaece el golpe de Pinochet, se produce, como es lógico de suponer, la “desbandada”.[12] Al respecto, escribe R. Bolaño:
[...] en esos momentos todo aquello en lo que creía se hundía para siempre y mucha gente, entre ellos más de un amigo, estaba siendo perseguida o torturada.[13]
Así las cosas, las hermanas Garmendia, quizá previendo lo que se venía, cuando cae Allende se trasladan de ciudad, a vivir con una tía en la antigua casa paterna; y allí mismo, luego de unas primeras semanas de tensa tranquilidad, reciben la visita de Ruiz-Tagle. El teniente de la Fuerza Aérea Chilena, que también es poeta, este hombre que “escribía con distancia y frialdad”,[14] es decir, Carlos Wieder, se queda a dormir esa noche, negándose previamente, a pesar de la insistencia de su auditorio, a leer sus poemas:
[...] dice que está a punto de concluir algo nuevo, que hasta no tenerlo terminado y corregido prefiere no airearlo, se sonríe, se encoge de hombros, dice que no, lo siento, no, no, no, y las Garmendia asienten, tía, no seas pesada, creen comprender y leen sus poemas, no comprenden nada (está a punto de nacer la “nueva poesía chilena”) [...].[15]
Las gemelas Garmendia, en realidad (lo real presente en el horror no exige y escamotea la comprensión: “No es preciso que se entienda”)[16], no comprenden nada, porque esa misma noche, mientras todos duermen, el joven poeta Ruíz-Tagle, es decir Carlos Wieder, se levanta y luego de degollar a la tía de las Garmendia, les abre la puerta a eso que por estos lados de la cordillera se dio en llamar un grupo de tareas, quienes secuestran a las bellas hermanas Garmendia, que también son poetas, y qué poetas... desaparecidas en las catástrofes de la historia.
Mientras esto sucede, Roberto Bolaño ya está preso en un centro de detención llamado casi igual que aquel otro lugar que, en mi ciudad, es emblema del horror de los setenta: ese lugar, en el que R. Bolaño tenía “la sensación de ser el único preso que miraba al cielo”,[17] se llama Centro La Peña.[18] Y así, el primer acto poético del teniente Carlos Wieder (que a esta altura de los acontecimientos ya no necesita hacerse llamar Alberto Ruiz-Tagle), ese acto inaugural de “la nueva poesía chilena” que Carlos Wieder realiza comandando su avión, es presenciado por R. Bolaño precisamente por que él mira al cielo:
Y ahí, en esas alturas, comenzó a escribir un poema en el cielo. Al principio creí que el piloto se había vuelto loco y no me pareció extraño. La locura no era una excepción en aquellos días. Pensé que giraba en el aire deslumbrado por la desesperación [...]. Pero acto seguido, como engendradas por el mismo cielo, en el cielo aparecieron las letras. Letras perfectamente dibujadas de humo gris negro sobre la enorme pantalla de cielo azul rosado que helaban los ojos del que las miraba.[19]
Lo que Carlos Wieder escribía eran versículos de la Biblia en latín, mientras parecía revolotear, como una oscura mariposa sofocada por el espanto, encima de la cabeza de los presos, ir y venir sobre el campo de detención:
Uno de los presos, uno que se llamaba Norberto y que se estaba volviendo loco [...] se puso a gritar es un Messerschmitt 109, un caza Messerschmitt de la Luftwaffe, el mejor caza de 1940. Lo miré fijamente, a él y después a los demás detenidos, y todo me pareció inmerso en un color gris transparente, como si el Centro La Peña estuviera desapareciendo en el tiempo.
[...] El loco Norberto [...], se reía y decía que la Segunda Guerra Mundial había vuelto a la Tierra, se equivocaron, decía, los de la Tercera, es la Segunda que regresa, regresa, regresa.
[...] Hasta ese momento nunca había visto tanta tristeza junta.[20]
Es evidente que en estos párrafos escritos por R. Bolaño se ponen en relación el horror, la poesía y la locura. ¿Qué valor tiene esto? ¿Acaso sirve de algo la literatura, en este caso la poesía, para soportar el horror? Además, en esta ocasión es el represor el poeta, es el represor el que, según el loco Norberto, “al final [les] deseaba buena suerte”,[21] es el represor Carlos Wieder quien mediante ésta, “su primera acción poética”,[22] se transformaba en la vanguardia de la poesía chilena, en “el gran poeta de los nuevos tiempos”,[23] repitiendo una y otra vez sus proezas poéticas a bordo de su avión. Al mismo tiempo, en cada uno de sus hechos artísticos, el teniente Carlos Wieder, para aquél o aquélla que “lo leyera cabalmente”,[24] para “sus más íntimos, [...] estaba nombrando, conjurando, a mujeres muertas”.[25]
Poco tiempo después R. Bolaño se marcha de Chile “definitivamente”,[26] tal vez porque piensa lo mismo que le hace decir a uno de sus personajes:
Matarse [...] en esta coyuntura sociopolítica, es absurdo y redundante. Mejor convertirse en poeta secreto.[27]
Todo el horror se establecía, de una manera para nada silenciosa, mientras el teniente Carlos Wieder, que para algunos intentaba probar que el autoritarismo del régimen pinochetista no estaba reñido con el arte de vanguardia, continuaba su carrera artística en franco ascenso. Se organizó, entonces, una doble muestra: por un lado una última exhibición aérea de la nueva poesía chilena (a desarrollarse en los cielos de Santiago, por sobre los birretes y gorras de los principales jefes militares del régimen), seguida de una exposición fotográfica: “fotos [que] necesitaban un marco limitado y preciso como la habitación del autor. [...]después de la escritura en el cielo era adecuado ¾y además encantadoramente paradójico¾ que el epílogo de la poesía aérea se circunscribiera al cubil del poeta”,[28] cuenta el narrador que Carlos Wieder señaló.
En un día en el que, por las intensas nubes negras que poblaban el cielo, no era para nada aconsejable volar, Carlos Wieder escribió con su avión varios versos:
Ø La muerte es amistad
Ø La muerte es Chile
Ø La muerte es responsabilidad
Ø La muerte es amor
Ø La muerte es crecimiento
Ø La muerte es comunión
Ø La muerte es limpieza
Este último verso casi no se pudo leer, debido a que la tormenta eléctrica ya se había desatado (no es de extrañar que la naturaleza, eso que se ha dado en llamar los elementos, su interacción con el hombre, exija y posibilite la tarea artesanal del poeta, es decir, la poesía) y, entonces, según nos cuenta R. Bolaño:
Sobre el cielo quedaban jirones negros, escritura cuneiforme, jeroglíficos, garabatos de niño. Aunque algunos sí que lo entendieron y pensaron que Carlos Wieder se había vuelto loco.[29]
Y para finalizar su acto poético,
Escribió, o pensó que escribía: La muerte es mi corazón. Y después: Toma mi corazón. Y después su nombre: Carlos Wieder, sin temerle a la lluvia ni a los relámpagos. Sin temerle, sobre todo, a la incoherencia.
Y después ya no tenía humo para escribir (desde hacía un rato el humo que escapaba del fuselaje daba la impresión, más que de escritura, de incendio, un incendio que se fundía con la lluvia) pero escribió: La muerte es resurrección y los fieles que permanecían abajo no entendieron nada pero entendieron que Wieder estaba escribiendo algo, [...]).[30]
Ahora bien, ¿no es acaso algo similar lo que nos pasa cuando la locura escribe?, ¿no sucede muchas veces que no entendemos nada, pero intuimos que allí hay “algo”? Al mismo tiempo, si pensamos que, al menos en este particular caso, eso que en forma de versos se escribe en el cielo, forma parte del horror (y no me refiero sólo a esos versos donde la muerte parece comandar todo, sino también a los nombres de desaparecidos que Carlos Wieder con su arte conjura), y si además el artificio del teniente de la Fuerza Aérea pinochetista pasa por un acto poético, nos deberíamos poder preguntar: ¿es ésta una de las formas que busca el horror para poder ser dicho?, ¿acaso para poder contar lo que no puede ser dicho, se necesita de una cierta articulación entre horror, locura y escritura (en este caso una escritura poética; en este caso, el que incluye a Roberto Bolaño y su novela, literatura)?
Lo cierto es que la locura, como una cargosa aunque metódica compañera del horror, está aún más presente cuando sobreviene la segunda parte del hecho artístico que Carlos Wieder busca dar a consideración ese día de 1974: los invitados a la muestra fotográfica de uno en uno van entrando a la habitación del autor; y de uno en uno van saliendo con el rostro pálido y desencajado, vomitando en el pasillo de salida, algunos con ganas de golpear al autor de las fotografías, otros llorando o maldiciendo, o trastabillando mientras huyen de la velada.
Y aquí Roberto Bolaño (o Arturo Belano), escribe algo que no estaba escrito en la primera versión de los hechos: mientras que en el último capítulo de La literatura nazi en América, nada se decía de lo que los invitados a la muestra habían visto y sufrido dentro de la habitación repleta de fotografías, aquí, en Estrella distante, R. Bolaño (o A. Belano) decide contar. Quiero decir que en La literatura nazi en América, sólo se escribe una frase:
De pronto ya nadie hablaba.[31];
precisamente allí donde, ahora, en Estrella distante, se habla:
Según Muñoz Cano [que es quien ha sabido escribir un libro, Con la soga al cuello, a través del cual R. Bolaño se entera de los hechos], en algunas de las fotos reconoció a las hermanas Garmendia y a otros desaparecidos. La mayoría eran mujeres. El escenario de las fotos casi no variaba de una a otra por lo que deduce es el mismo lugar. Las mujeres parecen maniquíes, en algunos casos maniquíes desmembrados, destrozados, aunque Muñoz Cano no descarta que en un treinta por ciento de los casos estuvieran vivas en el momento de hacerles la instantánea. Las fotos, en general (según Muñoz Cano), son de mala calidad aunque la impresión que provocan en quienes las contemplan es vivísima. El orden en que están expuestas no es casual: siguen una línea, una argumentación, una historia (cronológica, espiritual...), un plan. Las que están pegadas en el cielorraso son semejantes (según Muñoz Cano) al infierno, pero un infierno vacío. Las que están pegadas (con chinchetas) en las cuatro esquinas semejan una epifanía. Una epifanía de la locura.[32]
En algún momento del mes y medio que, aparentemente (por la fecha de publicación de ambas novelas, y por que R. Bolaño así lo deja consignado en la nota preliminar con la que inicia Estrella distante),[33] le lleva escribir esta última novela, el escritor chileno decide contar un poco más sobre el horror. ¿Bajo qué compromiso subjetivo lo hace? ¿Qué lo conduce a decir más, un poco más (y de la mano de uno de sus personajes... no cualquiera, claro: Arturo Belano)? En s uma, ¿qué nuevo artificio le permite hablar, allí donde “ya nadie hablaba”?
A partir de este movimiento que realiza el autor, me deja de importar el teniente del aire Carlos Wieder (ni siquiera su triste aunque merecido final), y comienzan a hacerse evidentes estas preguntas sobre el narrador-autor en tanto sobreviviente del horror. Quiero decir que Roberto Bolaño (narrador, y al mismo tiempo autor, de la novela Estrella distante), muchos años después, en un tiempo que es reciente, una época en que Chile “ha olvidado”,[34] comienza a interesarse nuevamente en Carlos Wieder, cuando “uno de los policías más famosos de la época de Allende”,[35] un tal Abel Romero, le pide ayuda para encontrar al antiguo represor:
Vivía solo, no tenía dinero, mi salud dejaba bastante que desear, hacía mucho que no publicaba en ninguna parte, últimamente ya ni siquiera escribía. Mi destino me parecía miserable. [...] Las revistas [que Abel Romero le había acercado para que R. Bolaño encontrara en ellas alguna pista de estilo, que descubriera el paradero de Carlos Wieder] [...] obraron en mí con el efecto de un antídoto. [...] cada vez más involucrado en la historia de Wieder, que era la historia de algo más, aunque entonces no sabía de qué. Una noche incluso tuve un sueño al respecto. Soñé que iba en un gran barco de madera, un galeón tal vez, y que atravesábamos el Gran Océano. Yo estaba en una fiesta en la cubierta de popa y escribía un poema o tal vez la página de un diario mientras miraba el mar. Entonces alguien, un viejo, se ponía a gritar ¡tornado!, ¡tornado!, pero no a bordo del galeón sino a bordo de un yate o de pie en una escollera. Exactamente igual que en una escena de El bebé de Rosemary, de Polansky. En ese instante el galeón comenzaba a hundirse y todos los sobrevivientes nos convertíamos en náufragos. En el mar, flotando agarrado a un tonel de aguardiente, veía a Carlos Wieder. Yo flotaba agarrado a un palo de madera podrida. Comprendía en ese momento, mientras las olas nos alejaban, que Wieder y yo habíamos viajado en el mismo barco, sólo que él había contribuido a hundirlo y yo había hecho poco o nada por evitarlo.[36]
Este sueño de R. Bolaño (o de A. Belano), que bien podría ser, si se toma en cuenta Los hundidos y los salvados, un sueño soñado por Primo Levi, parece decir que la memoria recuperada tiene el valor de un antídoto o remedio. Pero si la lectura continúa, unos párrafos más adelante, se ve cómo R. Bolaño relata que
La presencia de Wieder entre las paredes de mi casa, no obstante, se hacía cada vez más fuerte, [...] yo sentía que mi vida entera se estaba yendo a la mierda.[37]
Y es que, precisamente, lo difícil parece ser el mantener ese delgado equilibrio entre el contar el horror y el sobrevivir al horror. Como lo enuncia aquél del que me voy a ocupar a continuación, el sobreviviente del horror muchas veces puede llegar a plantear todo esto del siguiente modo:
[...] no sé qué hacer con mi pasado. Olvidar es, casi, imposible. Diferentes momentos de la vida cotidiana traen recuerdos y, a veces, son traumáticos.
Tengo la sensación que camino sobre una senda muy estrecha entre el olvido y el recuerdo.
[...].
La memoria ayuda a vivir. Y la misma memoria tortura.[38]
¿Cuál es el límite para soportar la memoria encarnada?
Al comenzar el próximo capítulo de su novela, el narrador-autor R. Bolaño escribe lo siguiente:
Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura. En adelante escribiré mis poemas con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar.[39]
[1] El presente ensayo fue galardonado con mención honorífica en el Premio Colección Archivos-Unesco de Ensayo Literario (Concurso Internacional “Juan Rulfo”, 2002), otorgado por Radio Francia Internacional / Instituto de México. [N. del E.]
[2] Cfr. Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, Anagrama, Barcelona, 1998, p. 151. (la frase es dicha, en marzo de 1976, por Fabio Ernesto Logiacomo: poeta argentino, exiliado en México).
[3] Abelardo Castillo, El Evangelio según Van Hutten, Col. Biblioteca Argentina La Nación, Planeta, Buenos Aires, 2001, p. 140.
[4] Nueve días después de haber sido aceptado para su publicación el presente ensayo de Raúl Vidal, leíamos la noticia de que Roberto Bolaño había muerto en Barcelona el 14 de Julio de 2003. [N. del E.].
[5] El exilio latinoamericano, y particularmente el exilio del propio R. Bolaño, ya supo demarcar nítidamente esa especie de triángulo giratorio: Cono Sur, México, España-Francia.
[6] Roberto Bolaño, La literatura nazi en América, Seix Barral, Buenos Aires, 1996.
[7] Cfr. Jorge Semprún, “Buchenwald y la experiencia de la libertad”, diario El País, suplemento Babelia, Madrid, sábado 19 de mayo de 2001, pp. 2 y 3.
[8] Una nueva Historia (Americana) de la Infamia que también se rige por lo que Jorge Luis Borges, en el prólogo a la suya, el del 27 de mayo de 1935, consideraba una “reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas” (Cfr. Jorge Luis Borges, “Historia Universal de la Infamia”, Obras Completas, Vol. I, María Kodama y Emecé Editores, Buenos Aires, 1989, p. 289); además, como en el prólogo borgiano, esta vez el de 1954, donde se puede leer que “la palabra infamia aturde en el título” (Ibíd, p. 291), quizá, a finales del siglo XX, la palabra nazi aturde en el título de lo escrito por R. Bolaño. Esto sea dicho, y sobre todo sea leído, como un sencillo aunque riguroso ejercicio de lectura: como J. L. Borges, aquel 27 de mayo de 1935, “A veces pienso que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos y singulares que los buenos autores”. (Ibíd, p. 289).
[9] Roberto Bolaño, Estrella distante, Anagrama, Barcelona, 1996, p. 11. (Lo entre cochetes en las citas, salvo indicación en contrario, me pertenece).
[10] En el sentido que le doy a la función secretario del alienado. Cfr. Raúl Vidal, “Sobre un guiño de Jacques Lacan”, Litoral Nº 25/26: La función secretario, Edelp, Córdoba, Mayo de 1998; El analista, secretario en la locura: un artesano del escrito, inédito, septiembre de 1998; Sancho lee una carta, inédito, noviembre de 1998; “Cervantes en la locura ¾Elogio de la diferencia¾”, Los que cuentan (revista de literatura) Nº 5: Arte y Locura, Córdoba, septiembre de 1999; “El Psicote de la Mancha ¾Cómo hacerse secretario en la locura¾”, El Hispanismo al final del milenio, Vol. I, Asociación Argentina de Hispanistas, Editorial Comunicarte, Córdoba, 1999, pp. 591-605.
[11] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., p. 15.
[12] Ibíd., p. 26.
[13] Ibíd., p. 27.
[14] Ibíd., p. 21.
[15] Ibíd., p. 30. Subraya el autor de la cita.
[16] Jack Fuchs, “Diálogo con Liliana Isod”, Tiempo de recordar, Editorial Milá, Buenos Aires, 1995, p. 12.
[17] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., p. 35.
[18] En Córdoba, el principal centro de detención durante la Dictadura Militar (1976-1983) se llamaba La Perla. La Peña - La Perla: lo mineral, lo inanimado, lo frío de estos nombres establecen un curioso parentesco en el horror.
[19] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., pp. 35 y 36. Los subrayados en las citas, salvo indicación en contrario, me pertenecen.
[20] Ibíd., pp. 36 y 37.
[21] Ibíd., p. 40.
[22] Ibíd., p. 41.
[23] Ibíd., p. 45.
[24] Ibíd., p. 42.
[25] Ibíd., p. 43.
[26] Ibíd., p. 66.
[27] Ibíd., pp. 82 y 83.
[28] Ibíd, p. 87.
[29] Ibíd, p. 90.
[30] Ibíd, p. 91.
[31] Roberto Bolaño, La literatura nazi en América, op. cit., p. 188.
[32] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., p. 97.
[33] Cfr. Ibíd., p. 11.
[34] Ibid., p. 121.
[35] Ibidem.
[36] Ibíd., pp. 130 y 131.
[37] Ibíd., p. 133.
[38] Jack Fuchs, Tiempo de recordar, op. cit., pp. 39 y 49.
[39] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., p. 138.
Raúl Vidal
Un escritor secretario de su propia historia o “la literatura no es inocente”.[2]
(...) escribiendo estas páginas descubrí que lo demasiado real, al ser tocado
por las palabras, ingresa en una región parecida a la de los sueños.
Abelardo Castillo, El Evangelio según Van Hutten.[3]
Roberto Bolaño, el escritor chileno que reside en Cataluña,[4] y que curiosamente, según algunos consideran, ha escrito la mejor novela mexicana[5] de los noventa, Los detectives salvajes [1998]; quizá no conforme con lo someramente escrito en el último capítulo de su anterior novela, La literatura nazi en América [1996],[6] en el que había decidido hacer del narrador una misma cosa con el autor; tal vez esperanzado en acabar con tanta “memoria encarnada” (para subrayar una expresión reciente de Jorge Semprún)[7]... escribe Estrella distante [1996]: novela que decide retomar la historia de aquel joven R. Bolaño que logró sobrevivir a la caída de Salvador Allende y ¿también al horror? Allí, en ese espacio que el mismo R. Bolaño llama “el planeta de los monstruos”, la poesía parece ocupar un lugar, la locura también. Por estas tres experiencias: el horror, la poesía y la locura; vale detenerse en Estrella distante.
En esta pequeña novela, R. Bolaño vuelve a escribir la historia ya narrada en el último capítulo de La literatura nazi en América. Al final de esta última (que en su totalidad es una especie de Historia Universal de la Infamia de la segunda mitad del siglo XX)[8] R. Bolaño escribe un relato de unas veintitrés páginas, titulado Ramírez Hoffman, el infame. Partiendo de este último capítulo, desarrollando un poco más la trama y cambiando la mayoría de los nombres de los personajes (el suyo propio, el del autor, en ambos textos aparece identificado a la figura del narrador), la pluma de R. Bolaño da a luz Estrella distante. Al iniciarla, el escritor chileno señala este parentesco entre sus dos novelas, y subraya que esta tarea de volver sobre una historia ya contada, de volver a escribir lo escrito, es fruto de que la historia le ha sido referida por su compatriota Arturo B., quien sin duda, para quien haya leído un poco más de R. Bolaño (Los detectives salvajes, Amuleto), no puede ser otro que Arturo Belano, el alter ego del autor. Es decir, al iniciar Estrella distante, el narrador-autor cuenta que
Esta historia me la contó mi compatriota Arturo B. [...]. Arturo deseaba una historia más larga, no espejo ni explosión de otras historias sino espejo y explosión en sí misma. Así pues, nos encerramos durante un mes y medio en mi casa de Blanes y con el último capítulo [de La literatura nazi en América] en mano y al dictado de sus sueños y pesadillas, compusimos la novela [...]. Mi función se redujo a preparar bebidas, consultar algunos libros, y discutir, con él y con el fantasma cada día más vivo de Pierre Menard, la validez de muchos párrafos repetidos.[9]
El autor Roberto Bolaño se hace secretario[10] del personaje Arturo Belano: son los sueños y pesadillas del personaje Belano los que guían la composición de la novela que firma el escritor Bolaño.
La historia contada transcurre de pleno en los años del horror chileno. El teniente de la Fuerza Aérea Chilena, Carlos Ramírez Hoffman, de la primera versión de los hechos, es aquí el teniente Carlos Wieder; y su antiguo nombre de guerra, Emilio Stevens, es aquí Alberto Ruiz-Tagle. Es decir, el teniente Carlos Wieder, bajo el nombre de Alberto Ruiz-Tagle (un joven poeta de vanguardia), era eso que se ha dado en llamar un infiltrado en el pequeño grupo de intelectuales y artistas de izquierda que durante el gobierno de Salvador Allende, en la ciudad sureña de Concepción, giraba alrededor de dos talleres literarios (el de Juan Stein, y el de Diego Soto), grupo del que formaba parte un Roberto Bolaño de apenas dieciocho años. Las “estrellas indiscutibles”[11] de ese grupo de jóvenes chilenos eran las gemelas Verónica y Angélica Garmendia, la primera de las cuales se había enamorado del infiltrado. Lo cierto es que cuando en septiembre de 1973 acaece el golpe de Pinochet, se produce, como es lógico de suponer, la “desbandada”.[12] Al respecto, escribe R. Bolaño:
[...] en esos momentos todo aquello en lo que creía se hundía para siempre y mucha gente, entre ellos más de un amigo, estaba siendo perseguida o torturada.[13]
Así las cosas, las hermanas Garmendia, quizá previendo lo que se venía, cuando cae Allende se trasladan de ciudad, a vivir con una tía en la antigua casa paterna; y allí mismo, luego de unas primeras semanas de tensa tranquilidad, reciben la visita de Ruiz-Tagle. El teniente de la Fuerza Aérea Chilena, que también es poeta, este hombre que “escribía con distancia y frialdad”,[14] es decir, Carlos Wieder, se queda a dormir esa noche, negándose previamente, a pesar de la insistencia de su auditorio, a leer sus poemas:
[...] dice que está a punto de concluir algo nuevo, que hasta no tenerlo terminado y corregido prefiere no airearlo, se sonríe, se encoge de hombros, dice que no, lo siento, no, no, no, y las Garmendia asienten, tía, no seas pesada, creen comprender y leen sus poemas, no comprenden nada (está a punto de nacer la “nueva poesía chilena”) [...].[15]
Las gemelas Garmendia, en realidad (lo real presente en el horror no exige y escamotea la comprensión: “No es preciso que se entienda”)[16], no comprenden nada, porque esa misma noche, mientras todos duermen, el joven poeta Ruíz-Tagle, es decir Carlos Wieder, se levanta y luego de degollar a la tía de las Garmendia, les abre la puerta a eso que por estos lados de la cordillera se dio en llamar un grupo de tareas, quienes secuestran a las bellas hermanas Garmendia, que también son poetas, y qué poetas... desaparecidas en las catástrofes de la historia.
Mientras esto sucede, Roberto Bolaño ya está preso en un centro de detención llamado casi igual que aquel otro lugar que, en mi ciudad, es emblema del horror de los setenta: ese lugar, en el que R. Bolaño tenía “la sensación de ser el único preso que miraba al cielo”,[17] se llama Centro La Peña.[18] Y así, el primer acto poético del teniente Carlos Wieder (que a esta altura de los acontecimientos ya no necesita hacerse llamar Alberto Ruiz-Tagle), ese acto inaugural de “la nueva poesía chilena” que Carlos Wieder realiza comandando su avión, es presenciado por R. Bolaño precisamente por que él mira al cielo:
Y ahí, en esas alturas, comenzó a escribir un poema en el cielo. Al principio creí que el piloto se había vuelto loco y no me pareció extraño. La locura no era una excepción en aquellos días. Pensé que giraba en el aire deslumbrado por la desesperación [...]. Pero acto seguido, como engendradas por el mismo cielo, en el cielo aparecieron las letras. Letras perfectamente dibujadas de humo gris negro sobre la enorme pantalla de cielo azul rosado que helaban los ojos del que las miraba.[19]
Lo que Carlos Wieder escribía eran versículos de la Biblia en latín, mientras parecía revolotear, como una oscura mariposa sofocada por el espanto, encima de la cabeza de los presos, ir y venir sobre el campo de detención:
Uno de los presos, uno que se llamaba Norberto y que se estaba volviendo loco [...] se puso a gritar es un Messerschmitt 109, un caza Messerschmitt de la Luftwaffe, el mejor caza de 1940. Lo miré fijamente, a él y después a los demás detenidos, y todo me pareció inmerso en un color gris transparente, como si el Centro La Peña estuviera desapareciendo en el tiempo.
[...] El loco Norberto [...], se reía y decía que la Segunda Guerra Mundial había vuelto a la Tierra, se equivocaron, decía, los de la Tercera, es la Segunda que regresa, regresa, regresa.
[...] Hasta ese momento nunca había visto tanta tristeza junta.[20]
Es evidente que en estos párrafos escritos por R. Bolaño se ponen en relación el horror, la poesía y la locura. ¿Qué valor tiene esto? ¿Acaso sirve de algo la literatura, en este caso la poesía, para soportar el horror? Además, en esta ocasión es el represor el poeta, es el represor el que, según el loco Norberto, “al final [les] deseaba buena suerte”,[21] es el represor Carlos Wieder quien mediante ésta, “su primera acción poética”,[22] se transformaba en la vanguardia de la poesía chilena, en “el gran poeta de los nuevos tiempos”,[23] repitiendo una y otra vez sus proezas poéticas a bordo de su avión. Al mismo tiempo, en cada uno de sus hechos artísticos, el teniente Carlos Wieder, para aquél o aquélla que “lo leyera cabalmente”,[24] para “sus más íntimos, [...] estaba nombrando, conjurando, a mujeres muertas”.[25]
Poco tiempo después R. Bolaño se marcha de Chile “definitivamente”,[26] tal vez porque piensa lo mismo que le hace decir a uno de sus personajes:
Matarse [...] en esta coyuntura sociopolítica, es absurdo y redundante. Mejor convertirse en poeta secreto.[27]
Todo el horror se establecía, de una manera para nada silenciosa, mientras el teniente Carlos Wieder, que para algunos intentaba probar que el autoritarismo del régimen pinochetista no estaba reñido con el arte de vanguardia, continuaba su carrera artística en franco ascenso. Se organizó, entonces, una doble muestra: por un lado una última exhibición aérea de la nueva poesía chilena (a desarrollarse en los cielos de Santiago, por sobre los birretes y gorras de los principales jefes militares del régimen), seguida de una exposición fotográfica: “fotos [que] necesitaban un marco limitado y preciso como la habitación del autor. [...]después de la escritura en el cielo era adecuado ¾y además encantadoramente paradójico¾ que el epílogo de la poesía aérea se circunscribiera al cubil del poeta”,[28] cuenta el narrador que Carlos Wieder señaló.
En un día en el que, por las intensas nubes negras que poblaban el cielo, no era para nada aconsejable volar, Carlos Wieder escribió con su avión varios versos:
Ø La muerte es amistad
Ø La muerte es Chile
Ø La muerte es responsabilidad
Ø La muerte es amor
Ø La muerte es crecimiento
Ø La muerte es comunión
Ø La muerte es limpieza
Este último verso casi no se pudo leer, debido a que la tormenta eléctrica ya se había desatado (no es de extrañar que la naturaleza, eso que se ha dado en llamar los elementos, su interacción con el hombre, exija y posibilite la tarea artesanal del poeta, es decir, la poesía) y, entonces, según nos cuenta R. Bolaño:
Sobre el cielo quedaban jirones negros, escritura cuneiforme, jeroglíficos, garabatos de niño. Aunque algunos sí que lo entendieron y pensaron que Carlos Wieder se había vuelto loco.[29]
Y para finalizar su acto poético,
Escribió, o pensó que escribía: La muerte es mi corazón. Y después: Toma mi corazón. Y después su nombre: Carlos Wieder, sin temerle a la lluvia ni a los relámpagos. Sin temerle, sobre todo, a la incoherencia.
Y después ya no tenía humo para escribir (desde hacía un rato el humo que escapaba del fuselaje daba la impresión, más que de escritura, de incendio, un incendio que se fundía con la lluvia) pero escribió: La muerte es resurrección y los fieles que permanecían abajo no entendieron nada pero entendieron que Wieder estaba escribiendo algo, [...]).[30]
Ahora bien, ¿no es acaso algo similar lo que nos pasa cuando la locura escribe?, ¿no sucede muchas veces que no entendemos nada, pero intuimos que allí hay “algo”? Al mismo tiempo, si pensamos que, al menos en este particular caso, eso que en forma de versos se escribe en el cielo, forma parte del horror (y no me refiero sólo a esos versos donde la muerte parece comandar todo, sino también a los nombres de desaparecidos que Carlos Wieder con su arte conjura), y si además el artificio del teniente de la Fuerza Aérea pinochetista pasa por un acto poético, nos deberíamos poder preguntar: ¿es ésta una de las formas que busca el horror para poder ser dicho?, ¿acaso para poder contar lo que no puede ser dicho, se necesita de una cierta articulación entre horror, locura y escritura (en este caso una escritura poética; en este caso, el que incluye a Roberto Bolaño y su novela, literatura)?
Lo cierto es que la locura, como una cargosa aunque metódica compañera del horror, está aún más presente cuando sobreviene la segunda parte del hecho artístico que Carlos Wieder busca dar a consideración ese día de 1974: los invitados a la muestra fotográfica de uno en uno van entrando a la habitación del autor; y de uno en uno van saliendo con el rostro pálido y desencajado, vomitando en el pasillo de salida, algunos con ganas de golpear al autor de las fotografías, otros llorando o maldiciendo, o trastabillando mientras huyen de la velada.
Y aquí Roberto Bolaño (o Arturo Belano), escribe algo que no estaba escrito en la primera versión de los hechos: mientras que en el último capítulo de La literatura nazi en América, nada se decía de lo que los invitados a la muestra habían visto y sufrido dentro de la habitación repleta de fotografías, aquí, en Estrella distante, R. Bolaño (o A. Belano) decide contar. Quiero decir que en La literatura nazi en América, sólo se escribe una frase:
De pronto ya nadie hablaba.[31];
precisamente allí donde, ahora, en Estrella distante, se habla:
Según Muñoz Cano [que es quien ha sabido escribir un libro, Con la soga al cuello, a través del cual R. Bolaño se entera de los hechos], en algunas de las fotos reconoció a las hermanas Garmendia y a otros desaparecidos. La mayoría eran mujeres. El escenario de las fotos casi no variaba de una a otra por lo que deduce es el mismo lugar. Las mujeres parecen maniquíes, en algunos casos maniquíes desmembrados, destrozados, aunque Muñoz Cano no descarta que en un treinta por ciento de los casos estuvieran vivas en el momento de hacerles la instantánea. Las fotos, en general (según Muñoz Cano), son de mala calidad aunque la impresión que provocan en quienes las contemplan es vivísima. El orden en que están expuestas no es casual: siguen una línea, una argumentación, una historia (cronológica, espiritual...), un plan. Las que están pegadas en el cielorraso son semejantes (según Muñoz Cano) al infierno, pero un infierno vacío. Las que están pegadas (con chinchetas) en las cuatro esquinas semejan una epifanía. Una epifanía de la locura.[32]
En algún momento del mes y medio que, aparentemente (por la fecha de publicación de ambas novelas, y por que R. Bolaño así lo deja consignado en la nota preliminar con la que inicia Estrella distante),[33] le lleva escribir esta última novela, el escritor chileno decide contar un poco más sobre el horror. ¿Bajo qué compromiso subjetivo lo hace? ¿Qué lo conduce a decir más, un poco más (y de la mano de uno de sus personajes... no cualquiera, claro: Arturo Belano)? En s uma, ¿qué nuevo artificio le permite hablar, allí donde “ya nadie hablaba”?
A partir de este movimiento que realiza el autor, me deja de importar el teniente del aire Carlos Wieder (ni siquiera su triste aunque merecido final), y comienzan a hacerse evidentes estas preguntas sobre el narrador-autor en tanto sobreviviente del horror. Quiero decir que Roberto Bolaño (narrador, y al mismo tiempo autor, de la novela Estrella distante), muchos años después, en un tiempo que es reciente, una época en que Chile “ha olvidado”,[34] comienza a interesarse nuevamente en Carlos Wieder, cuando “uno de los policías más famosos de la época de Allende”,[35] un tal Abel Romero, le pide ayuda para encontrar al antiguo represor:
Vivía solo, no tenía dinero, mi salud dejaba bastante que desear, hacía mucho que no publicaba en ninguna parte, últimamente ya ni siquiera escribía. Mi destino me parecía miserable. [...] Las revistas [que Abel Romero le había acercado para que R. Bolaño encontrara en ellas alguna pista de estilo, que descubriera el paradero de Carlos Wieder] [...] obraron en mí con el efecto de un antídoto. [...] cada vez más involucrado en la historia de Wieder, que era la historia de algo más, aunque entonces no sabía de qué. Una noche incluso tuve un sueño al respecto. Soñé que iba en un gran barco de madera, un galeón tal vez, y que atravesábamos el Gran Océano. Yo estaba en una fiesta en la cubierta de popa y escribía un poema o tal vez la página de un diario mientras miraba el mar. Entonces alguien, un viejo, se ponía a gritar ¡tornado!, ¡tornado!, pero no a bordo del galeón sino a bordo de un yate o de pie en una escollera. Exactamente igual que en una escena de El bebé de Rosemary, de Polansky. En ese instante el galeón comenzaba a hundirse y todos los sobrevivientes nos convertíamos en náufragos. En el mar, flotando agarrado a un tonel de aguardiente, veía a Carlos Wieder. Yo flotaba agarrado a un palo de madera podrida. Comprendía en ese momento, mientras las olas nos alejaban, que Wieder y yo habíamos viajado en el mismo barco, sólo que él había contribuido a hundirlo y yo había hecho poco o nada por evitarlo.[36]
Este sueño de R. Bolaño (o de A. Belano), que bien podría ser, si se toma en cuenta Los hundidos y los salvados, un sueño soñado por Primo Levi, parece decir que la memoria recuperada tiene el valor de un antídoto o remedio. Pero si la lectura continúa, unos párrafos más adelante, se ve cómo R. Bolaño relata que
La presencia de Wieder entre las paredes de mi casa, no obstante, se hacía cada vez más fuerte, [...] yo sentía que mi vida entera se estaba yendo a la mierda.[37]
Y es que, precisamente, lo difícil parece ser el mantener ese delgado equilibrio entre el contar el horror y el sobrevivir al horror. Como lo enuncia aquél del que me voy a ocupar a continuación, el sobreviviente del horror muchas veces puede llegar a plantear todo esto del siguiente modo:
[...] no sé qué hacer con mi pasado. Olvidar es, casi, imposible. Diferentes momentos de la vida cotidiana traen recuerdos y, a veces, son traumáticos.
Tengo la sensación que camino sobre una senda muy estrecha entre el olvido y el recuerdo.
[...].
La memoria ayuda a vivir. Y la misma memoria tortura.[38]
¿Cuál es el límite para soportar la memoria encarnada?
Al comenzar el próximo capítulo de su novela, el narrador-autor R. Bolaño escribe lo siguiente:
Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura. En adelante escribiré mis poemas con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar.[39]
[1] El presente ensayo fue galardonado con mención honorífica en el Premio Colección Archivos-Unesco de Ensayo Literario (Concurso Internacional “Juan Rulfo”, 2002), otorgado por Radio Francia Internacional / Instituto de México. [N. del E.]
[2] Cfr. Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, Anagrama, Barcelona, 1998, p. 151. (la frase es dicha, en marzo de 1976, por Fabio Ernesto Logiacomo: poeta argentino, exiliado en México).
[3] Abelardo Castillo, El Evangelio según Van Hutten, Col. Biblioteca Argentina La Nación, Planeta, Buenos Aires, 2001, p. 140.
[4] Nueve días después de haber sido aceptado para su publicación el presente ensayo de Raúl Vidal, leíamos la noticia de que Roberto Bolaño había muerto en Barcelona el 14 de Julio de 2003. [N. del E.].
[5] El exilio latinoamericano, y particularmente el exilio del propio R. Bolaño, ya supo demarcar nítidamente esa especie de triángulo giratorio: Cono Sur, México, España-Francia.
[6] Roberto Bolaño, La literatura nazi en América, Seix Barral, Buenos Aires, 1996.
[7] Cfr. Jorge Semprún, “Buchenwald y la experiencia de la libertad”, diario El País, suplemento Babelia, Madrid, sábado 19 de mayo de 2001, pp. 2 y 3.
[8] Una nueva Historia (Americana) de la Infamia que también se rige por lo que Jorge Luis Borges, en el prólogo a la suya, el del 27 de mayo de 1935, consideraba una “reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas” (Cfr. Jorge Luis Borges, “Historia Universal de la Infamia”, Obras Completas, Vol. I, María Kodama y Emecé Editores, Buenos Aires, 1989, p. 289); además, como en el prólogo borgiano, esta vez el de 1954, donde se puede leer que “la palabra infamia aturde en el título” (Ibíd, p. 291), quizá, a finales del siglo XX, la palabra nazi aturde en el título de lo escrito por R. Bolaño. Esto sea dicho, y sobre todo sea leído, como un sencillo aunque riguroso ejercicio de lectura: como J. L. Borges, aquel 27 de mayo de 1935, “A veces pienso que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos y singulares que los buenos autores”. (Ibíd, p. 289).
[9] Roberto Bolaño, Estrella distante, Anagrama, Barcelona, 1996, p. 11. (Lo entre cochetes en las citas, salvo indicación en contrario, me pertenece).
[10] En el sentido que le doy a la función secretario del alienado. Cfr. Raúl Vidal, “Sobre un guiño de Jacques Lacan”, Litoral Nº 25/26: La función secretario, Edelp, Córdoba, Mayo de 1998; El analista, secretario en la locura: un artesano del escrito, inédito, septiembre de 1998; Sancho lee una carta, inédito, noviembre de 1998; “Cervantes en la locura ¾Elogio de la diferencia¾”, Los que cuentan (revista de literatura) Nº 5: Arte y Locura, Córdoba, septiembre de 1999; “El Psicote de la Mancha ¾Cómo hacerse secretario en la locura¾”, El Hispanismo al final del milenio, Vol. I, Asociación Argentina de Hispanistas, Editorial Comunicarte, Córdoba, 1999, pp. 591-605.
[11] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., p. 15.
[12] Ibíd., p. 26.
[13] Ibíd., p. 27.
[14] Ibíd., p. 21.
[15] Ibíd., p. 30. Subraya el autor de la cita.
[16] Jack Fuchs, “Diálogo con Liliana Isod”, Tiempo de recordar, Editorial Milá, Buenos Aires, 1995, p. 12.
[17] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., p. 35.
[18] En Córdoba, el principal centro de detención durante la Dictadura Militar (1976-1983) se llamaba La Perla. La Peña - La Perla: lo mineral, lo inanimado, lo frío de estos nombres establecen un curioso parentesco en el horror.
[19] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., pp. 35 y 36. Los subrayados en las citas, salvo indicación en contrario, me pertenecen.
[20] Ibíd., pp. 36 y 37.
[21] Ibíd., p. 40.
[22] Ibíd., p. 41.
[23] Ibíd., p. 45.
[24] Ibíd., p. 42.
[25] Ibíd., p. 43.
[26] Ibíd., p. 66.
[27] Ibíd., pp. 82 y 83.
[28] Ibíd, p. 87.
[29] Ibíd, p. 90.
[30] Ibíd, p. 91.
[31] Roberto Bolaño, La literatura nazi en América, op. cit., p. 188.
[32] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., p. 97.
[33] Cfr. Ibíd., p. 11.
[34] Ibid., p. 121.
[35] Ibidem.
[36] Ibíd., pp. 130 y 131.
[37] Ibíd., p. 133.
[38] Jack Fuchs, Tiempo de recordar, op. cit., pp. 39 y 49.
[39] Roberto Bolaño, Estrella distante, op. cit., p. 138.